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Castillo de la Mota

Ocupa toda la cumbre del cerro de su nombre, dominando la vega baja del Najerilla. Es una fortificación de origen musulmán que fue conquistada en el 923 por Ordoño II y Sancho Garcés.
El castillo cumplió un importante papel político y militar hasta el s. XVI. Aparece citado en el Fuero de Nájera y tendrá un gran protagonismo durante el enfrentamiento de Enrique II de Trastámara y Pedro I el Cruel. Durante el levantamiento comunero sirvió de refugio al gobernador de la plaza, que resistió el asalto de los rebeldes hasta la llegada de las tropas reales que liberaron la ciudad. En él se alojaron Carlos V y Felipe II en varias de sus visitas a Nájera, en las que fueron ricamente agasajados por la nobleza local, según la fuentes de la época. A mediados del s. XVII el castillo se encuentra abandonado y en ruinas.
En la actualidad todavía se aprecia con claridad el foso que defendía todo el flanco este y el muro situado sobre él, jalonado con torres y con una gran plataforma central cuadrangular con un aljibe abovedado.

Alcázar

El Alcázar se sitúa a media ladera, entre el castillo y el casco urbano de Nájera. Además de defensa sirvió también como residencia real y palacio ducal. Fue construido en fecha muy temprana, a la par que el castillo, existiendo referencias de él en el Fuero de Nájera, 1020.
En 1520 fue tomado por los comuneros, que emplearon su artillería para arrasar la ciudad. A finales del s. XVI se abandona y correrá la misma suerte que el castillo.
Las excavaciones arqueológicas que se iniciaron en el 2002 muestran la existencia de potentes muros de sillería bajo medievales que se desarrollan en paralelo, de forma sucesiva, siguiendo la pendiente de la ladera. También han sacado a la luz una calle de acceso empedrada que tras superar la puerta de entrada se transforma en una monumental escalinata que desemboca en un gran patio de armas, posiblemente porticado. Aparecen también los restos del palacio que los duques de Nájera erigieron a mediados del siglo XVI, decorado ricamente con tracerías de estilo gótico y renacentista, y con una variada gama de azulejos mozárabes traídos de Teruel, Toledo y Sevilla que se conservan en el Museo Najerillense.

Malpica

En Malpica se ubicó, al menos desde el siglo XII, el castillo de los judíos de Nájera. La comunidad hebrea residía en su propio barrio, situado al norte de Santa María y en las laderas de Malpica. Rodeado de murallas, contaba con su propio fuero y con su propio castillo. Gozaba de autonomía y se encargaba del mantenimiento y defensa de la fortificación.
Como todas las juderías, la de Nájera sufre diversas alternativas y alcanza su mayor esplendor en la primera mitad del s. XIV. En 1360 fue saqueada por las tropas de Enrique de Trastámara.
A comienzos del s. XVI el castillo de Malpica todavía se encontraba en aceptables condiciones y fue tomado por los comuneros en 1520.

Muralla

Las defensas de Nájera conforman un complejo sistema de estructuras que agrupa el Castillo, el Alcázar y Malpica, extendiéndose hasta abarca la propia ciudad, que contaba también con su muralla. Su trazado todavía puede adivinarse siguiendo el callejero; en muchos de sus tramos sirvió, además, para contener las avenidas del imprevisible Najerilla. De la antigua muralla se conserva la puerta de la Plaza de la Estrella y el paño que desde ella alcanza el cortado rocoso de Malpica.

Puente de San Juan de Ortega

En el siglo X ya debió existir en Nájera un puente, puesto que aparece citado en el Fuero. En el s. XII fue remodelado por San Juan de Ortega y durante los siglos siguientes será constantemente reconstruido y reforzado en numerosas ocasiones, siempre con escaso éxito frente a las cíclicas riadas del Najerilla.
Finalmente en 1866 se construye el puente actual, en el mismo lugar que el anterior, y en el 2003 se amplía su plataforma para facilitar el tráfico.

Cuevas

En los cantiles de los cerros que protegen la ciudad se abren numerosas cuevas, desde Peñaescalera, al norte hasta Pasomalo, al sur. Forman parte de un conjunto más amplio que flanquea el río Najerilla a lo largo de varios kilómetros hasta el cruce con la localidad de Ledesma de la Cogolla.
Se trata de cuevas artificiales, cuidadosamente excavadas en la roca, que se distribuyen en grupos, a veces de varios pisos, formados por habitaciones rectangulares unidas por pasillos de comunicación segmentados mediante puertas y estrechamientos.
Su origen es incierto; este tipo de cuevas comienzan a utilizarse en la Antigüedad Tardía y está documentada su vigencia durante los siglos X y XI. A diferencia de otras cuevas artificiales riojanas, aquí no se encuentran indicios de eremitismo. Las emplearon las gentes de la zona como lugar inaccesible de defensa y protección en los momentos de peligro, frente a ejércitos y saqueadores.
La escasa solidez de la roca y los desprendimientos impiden la visita, pero desde el exterior, siguiendo el río, se puede comprobar su inexpugnabilidad y los indicios que señalan los medios empleados por sus constructores para acceder a ellas: mechinales en la roca para encajar pasos volados de madera y ranuras en las bocas para encastrar postes de sustentación de poleas y tornos.


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